"Ten years after his retirement, a fifty-five-year old Bruce Wayne dons the cape and cowl once more."
La primera noción de The Dark Knight Returns, luego del apagón de 1985-1988, fue este texto que aparecía en los paquines de 1989-1990 y del cual no encontré una imagen, pero que servía para ordenar el TPB de la colección completa de cuatro números:
"Ten years after his retirement, a fifty-five-year old Bruce Wayne dons the cape and cowl once more to battle a massive gang of teenage mutants terrorizing Gotham City... and this time, with a female Robin!"
No sé cuántos años pasaron hasta que una tarde un compañero de colegio al que no veía desde mi graduación en 1986 (sí: hagan la cuenta) llegó con el TPB, me lo dejó por no sé cuántos días... y nuevamente sucedió que "El Universo no siguió siendo el mismo".
Años después, mi hermano me heredó su copia, que la sigo conservando bien resguardada.
Además de la historia, dos detalles persisten: Carrie Kelley, mi Robin favorito después de Dick Grayson... y el prólogo de Alan Moore, en rigor lo primero que leí del libro aparte de ese anuncio publicitario.
Y dejo este fragmento de ese prólogo por dos razones: Batman — y en general todos los superhéroes de DC — como lo que verdaderamente debe ser: una LEYENDA (James Gunn: eat your heart out!). Y la envidia sana hacia quienes nunca han leído The Dark Knight Returns.
Del prólogo de Alan Moore
La Marca de Batman
Al aplicar su estilo a Batman, Frank Miller ofrece una solución elegante a los retos narrativos del personaje, logrando darle credibilidad ante el público general que aún asocia al héroe con la parodia camp de Adam West. Esta capacidad de redefinir a un personaje caricaturizado para el lector promedio constituye un logro notable en el trabajo de Miller.
Ha tomado a un personaje cuyos detalles más triviales y accidentales están grabados en piedra en los corazones y las mentes de los aficionados a los cómics que conforman su público, y se las ha arreglado para redefinirlo radicalmente sin contradecir ni una pizca de su mitología. Sí, Batman sigue siendo Bruce Wayne, Alfred sigue siendo su mayordomo y el Comisionado Gordon sigue siendo el jefe de policía, aunque apenas. Todavía hay un joven compañero llamado el Chico Maravilla, junto con el batimóvil, la baticueva y un cinturón de herramientas. El Joker, Dos Caras y Catwoman siguen estando presentes en la galería de villanos. Todo es exactamente igual, excepto por el hecho de que todo es totalmente diferente.
Gotham City, un lugar que durante las historietas de los años cuarenta y cincuenta parecía un extenso parque de recreo urbano repleto de máquinas de escribir gigantes y otros accesorios descomunales, se vuelve mucho más sombría en manos de Miller. Una ciudad oscura, hostil y en decadencia, poblada por pandillas callejeras rabiosas y sociópatas, que llega a parecerse más a las masas urbanas que bien podrían existir en nuestro propio e incómodo futuro cercano. El propio Batman, tomando en cuenta nuestra percepción actual de los justicieros como fuerza social a raíz de Bernie Goetz, es visto como un cuasi-fascista y un fanático peligroso por los medios de comunicación, mientras que preocupados psiquiatras abogan por la liberación de un Joker homicida por motivos estrictamente humanitarios. Los valores del mundo que vemos ya no están definidos en los colores primarios, claros y brillantes del cómic convencional, sino en los tonos más sutiles y ambiguos aportados por la magnífica paleta y las sublimes sensibilidades de Lynn Varley.
La diferencia más inmediata y abrumadora es, evidentemente, la representación tanto de Batman como de Bruce Wayne, el hombre bajo la máscara. Retratado a lo largo de los años, alternativamente, como un bienintencionado preocupado y un psicópata impulsado por la venganza, el personaje tal como se presenta aquí logra conciliar ambas interpretaciones con bastante facilidad, integrándolas en una personalidad mucho más grande y persuasivamente lograda. Cada sutileza de expresión, cada matiz del lenguaje corporal, sirve para demostrar que este Batman finalmente se ha convertido en lo que siempre debió haber sido: es una leyenda.
La importancia del mito y la leyenda como subtexto de Dark Knight no puede exagerarse realmente, pues brilla desde cada página. La familiar secuencia del origen de Batman, con el pequeño murciélago aleteando por una ventana abierta para inspirar a un pensativo Bruce Wayne, se convierte en algo mucho más religioso y apocalíptico bajo el manejo de Miller; el murciélago mismo se transforma en una quimera gigantesca y ominosa salida directamente de las fábulas europeas más oscuras. Las escenas posteriores de Batman a caballo, que evocan desde la caballería de la Mesa Redonda hasta la llegada de Clint Eastwood a un pueblo, sirven para demostrar aún más esta cualidad mítica, al igual que la sorprendente interpretación que hace Miller del viejo conocido de Batman, Superman: el Superman que vemos aquí es un dios terrenal cuya presencia se anuncia solo por el viento de su paso o la destrucción que deja a su espalda. Al mismo tiempo, su dudosa posición como agente del gobierno de los Estados Unidos logra tratar una situación increíble de manera realista y unir a la perfección los elementos de la leyenda con los de la realidad del siglo XX.
Más allá de las imágenes, los temas y el romanticismo esencial de Dark Knight, Miller también ha logrado moldear a Batman en una verdadera leyenda al introducir ese elemento sin el cual todas las verdaderas leyendas están incompletas y que, sin embargo, por alguna razón apenas parece existir en el mundo representado en el cómic promedio.
Ese elemento es el tiempo.
Todas nuestras mejores y más antiguas leyendas reconocen que el tiempo pasa y que las personas envejecen y mueren. La leyenda de Robin Hood no estaría completa sin el último disparo de su flecha ciega para determinar el lugar de su tumba. Las leyendas nórdicas perderían gran parte de su poder de no ser por el conocimiento de un eventual Ragnarök, al igual que la historia de Davy Crockett sin la existencia del Álamo.
En los cómics, sin embargo, dado el hecho comercial de que un personaje determinado aún tendrá que vender a un público determinado dentro de diez años, faltan estos elementos. Los personajes permanecen en el limbo perpetuo de sus veintitantos o treintaitantos años, y la presencia de la muerte en su mundo es, en el mejor de los casos, un fenómeno temporal y reversible. Con Dark Knight, el tiempo ha llegado a Batman y la piedra angular que hace que las leyendas sean lo que son ha sido finalmente colocada. En su apasionante historia sobre la última y más grande batalla de un gran hombre, Miller ha logrado crear algo radiante que, con suerte, debería iluminar el camino para el resto del campo de los cómics, arrojando una nueva luz sobre los problemas que enfrentamos todos los que trabajamos en la industria y quizás incluso guiándonos hacia algunas soluciones nuevas.
Para aquellos de ustedes que ya han consumido ávidamente Dark Knight en su versión de tapa blanda, tengan la seguridad de que sostienen en sus manos uno de los pocos hitos genuinos del cómic digno de una edición lujosa y más duradera. Para el resto de ustedes, que están a punto de adentrarse en un territorio completamente nuevo, sólo puedo expresar mi extrema envidia. Están a punto de encontrarse con un nuevo nivel de narrativa en los cómics. Un nuevo mundo con nuevos placeres y nuevos dolores.
Un nuevo héroe.
— Alan Moore
Northampton, 1986